Toda de Dios sos, María.
Toda nuestra y del Señor.
Toda santa, Inmaculada,
pura y limpia Concepción.
Desde el principio fuiste elegida
para ser Madre del Salvador;
fuiste formada por el Espíritu
en la justicia y en el amor.
Y Dios te hizo la mujer nueva,
la prometida para vencer
la muerte misma, nuestro pecado
por ese Hijo que iba a nacer.
Desde el principio, llena de gracia,
fuiste el lucero que anuncia el sol;
hija del pueblo de la Promesa,
de quien saldría la Salvación.
Desde el principio fuiste pensada
la más cercana junto al Señor,
la más cercana junto a nosotros,
Madre del nuevo Pueblo de Dios.
Inmaculada para ser libre
y disponible para el Señor.
Inmaculada para brindarte
íntegramente, Madre y hermana,
Inmaculada para escuchar
el grito ardiente del oprimido,
la voz del mundo pidiendo paz.